Las Santas - Martirio

Martirio de las Santas

La rabia de los crueles tiranos los movió a probar en ellas los más terribles suplicios.

Primeramente las llevaron al potro, donde con indecible dolor de las Santas las descoyuntaron los huesos. Luego, desnudas, con uñas de hierro les arañaron todo el cuerpo surcando con indecible dolor sus delicadísimas carnes.

Teniendo todo el cuerpo hecho una llaga las abandonaron en los oscuros calabozos para volver a ellas otro día con mayores tormentos.

Las Santas en el calabozo oraban fervorosamente a Dios y se encomendaban con especial ternura a la Reina de los Cielos. Cuando con más fervor se encomendaban a la Virgen, el oscuro calabozo se iluminó con celestial resplandor apareciendo en medio de la luz la Virgen Santísima, tan hermosa, que les desaparecieron todos los dolores y, arrobado el espíritu en dulcísimo éxtasis, sintieron en su alma delicias celestiales que les hizo exclamar como San Pablo: "Todos los trabajos del mundo no son nada comparados con la gloria que esperamos"

Quedaron de aquella visión tan animadas a padecer más, que todos los tormentos del mundo les parecían nada, a cambio de conseguir las delicias de los cielos.

Al día siguiente, bajaron de nuevo los verdugos y, atándolas a unas argollas del techo por los cabellos, las flagelaron moliéndolas a latigazos. Sólo cuando las creyeron expirando, las descolgaron y las abandonaron en el suelo, envueltas en su propia sangre.

Y antes de abandonarlas, ¡Oh crueldad! aún se atrevieron a arrancarles las uñas de los pies.

¡Oh Dios mío! Si el amor se mide por lo que uno es capaz de padecer por su amado, ¿cuál sería el amor a Cristo de estas castas vírgenes?