Las Santas - Comunión


Reciben la Comunión en la Cárcel

Habiendo regresado al palacio, descargan las muchachas y las encierran de nuevo en los calabozos. Santa Justa tenía calentura y por la noche le subió la fiebre. Tenía una sed abrasadora. "¡Quiero agua! Rufina, ¿No habrá forma de conseguir una gota de agua?"

Rufina puso la cabeza de su hermana sobre sus rodillas y la consolaba. Justa seguía delirando: "¡Me muero! ¡Me muero de sed!".

Rufina interiormente decía: "Dios mío: para tí todo es posible. Dame un poco de agua para mi hermana...!

Y ¡Oh prodigio! El agua empezó a manar y bebieron las dos la que quisieron. Justa, después de beber se restableció un poquito.

Luego oyen pasos. ¡Dios mío! ¿Qué querrán de nosotras a estas horas?

Los pasos se acercan y el temor acrecienta. De pronto, una voz conocida las consuela con aquella frase tantas veces oída: "Deo Gracias".

Era el Obispo Sabino que habiendo expuesto su vida y dando mucho dinero a los guardias había conseguido que lo dejasen pasar.

"¡Oh que alegría! es el Señor Obispo... Pero su alegría subió al más alto extremo cuando supieron que, ocultamente, les llevaba la Sagrada Comunión.

El Venerable Obispo abrió los corporales y allí mismo en el suelo expuso las Sagradas Especies mientras juntos decían una fervorosísima oración. Luego les dio la absolución y la Sagrada Comunión que sería el Viático para las dos.

Con tales emociones la enfermedad de Justa se agravó y sintiéndose morir dijo a su hermana: "Rufina yo me muero; me voy con Jesús al Cielo. Ten ánimo para resistir hasta la muerte. Allá te espero". Y, diciendo estas palabras expiró.