Jesús y la mujer samaritana

Reflexión de la palabra

Jn 4, 5-15

Los evangelios de los próximos tres domingos sólo se entienden si no perdemos de vista que el tiempo de Cuaresma es para la Iglesia no sólo penitencial (para los ya bautizados) sino también catecumenal (para los que serán bautizados en la vigilia pascual). Durante los próximos domingos se nos da a la Iglesia una catequesis que no viene nada mal sobre el bautismo. El bautizado se encuentra en el sacramento con Cristo, y es necesario prepararlo para ese misterio. Son las tres catequesis tradicionales sobre el bautismo que encontramos en el evangelio según san Juan. En el bautismo, y para toda la vida, Cristo es agua, luz y vida. El que es bautizado recibe el agua de la vida, agua que lava del pecado y calma en el neófito la sed de Dios que ha reconocido en su interior. Recibirá la luz de la fe que le ilumine y le permita ver lo que el pecado ha cegado. Recibirá el don de la vida eterna, a la que se nace por la acción del Espíritu.


El encuentro de Jesús con la samaritana, por tanto, nos advierte de que en el bautismo es saciada la sed del que viene al agua; no al pozo de Sicar, sino a Cristo. Él es el pozo del que brota el agua de la vida eterna; Él, que ya estaba prefigurado, en la roca de la que brota el agua que calma la sed del pueblo de Israel en Mará y Meribá.


Según el estilo propio de san Juan, el relato va en una doble línea de comprensión: la mujer está hablando sobre la sed humana y Jesús sobre la sed de Dios. Y es así porque Cristo ha buscado el encuentro con la samaritana. Cristo ha salido al encuentro de la humanidad pecadora para calmar su sed de Dios oportunamente, no con el pecado sino con la gracia de Dios. Cristo viene a los caminos de los hombres, acepta fatigarse y tener sed como nosotros para poder así hacerse el encontradizo y charlar con nosotros.


¿Quién puede no verse reflejado en esa mujer samaritana, que cree que va a dar a Cristo lo que este necesita, y a cambio se va a encontrar con el don vivo que ella anhela en su corazón? Aquellos catecúmenos, al escuchar la historia de la samaritana antes de abandonar el templo, podían ver cómo a ellos se les anunciaba que iban a recibir el agua viva. Israel pedía agua a Dios para calmar su sed natural, la samaritana, y con ella la Iglesia, y en ella cada uno de nosotros, le pedimos agua a Cristo para que calme nuestra sed sobrenatural, nuestra sed del Dios vivo.


La Iglesia, como samaritana, busca calmar la sed de los demás, busca dar a conocer al Señor que le ha dicho todo sobre ella: ¿quién no quiere ese conocimiento de gracia? Esta segunda parte de la Cuaresma nos incita a volver sobre el bautismo que un día se nos regaló, sólo Cristo calma nuestra sed, sed del Dios vivo.

 

La transfiguración: reflexión

Mt 17, 1-9

Para que el que ha entrado en la Cuaresma con buen ánimo, con decisión, no se venga abajo, y para que el que ha entrado en la Cuaresma de mala manera, con dejadez o debilidad, no quiera dejar correr el tiempo, el segundo domingo de este tiempo nos permite, como a Moisés desde el monte Nebo, pero con la certeza del éxito final, ver la tierra prometida, el triunfo de Cristo.


La gloria que descubre a los suyos en el Tabor es la prenda de la herencia que les espera. Ya en Cristo se hace visible lo que espera a los que perseveren en la Cuaresma de la vida con Él. La bendición que Abraham recibe en la primera lectura ya se ve en Cristo en el evangelio. ¡Qué preciosa pedagogía de la Madre Iglesia! No quiere que nadie agache la cabeza, que nadie se rinda a pesar de la experiencia constante de la prueba y de la debilidad: por eso ya nos deja ver, como hace el Señor con Pedro, Santiago y Juan, lo que sucederá al final. La bendición ya es real, ya ha sido mostrada a la Iglesia.


Nos toca, por tanto, en este domingo luminoso, situarnos en la perspectiva correcta, la de los tres apóstoles, y acoger la revelación que desde la montaña el Señor nos hace. Sí, Cristo se va a servir del tiempo de Cuaresma para compartir con su esposa, la Iglesia, un gran secreto, el de su divina naturaleza, el de su victoria final. Busca de esta manera hacer crecer la intimidad y la confianza entre uno y otra. Así, no es sólo lo que nos muestra el Señor, sino la razón profunda de hacerlo, la inmensa confianza que pone en nosotros y que nos permite afrontar las pruebas de cada día con el secreto, guardado en el corazón, del inmenso poder de Dios. Tenemos la carta ganadora, y eso nos hace jugar con seguridad y confianza. La cruz que espera al Señor no será un obstáculo que impida la victoria final, sino parte del camino triunfal.

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San José, patrón de la Iglesia Universal

El depositario del misterio de Dios

Las palabras de Isabel a María : "Feliz la que ha creído" se pueden aplicar en cierto sentido también a José. Lo que hizo en responder afirmativamente a la Palabra de Dios, le unió en modo particularísimo a la fe de María. José es el primero en participar de la fe de la madre de Dios y también en sostener a su esposa en esa fe.

Junto con ella el es el primer depositario del misterio escondido desde los siglos en Dios. Por eso el Papa Juan XXIII estableció que en la primera oración eucarística de la Misa, memorial perpetuo de la redención, se incluyera su nombre junto al de María, y antes del de los apósto1es, papas y mártires.

José ejerce su autoridad paterna desde el principio dándole el nombre de Jesús al hijo de María. Los primeros misterios de la salvación se confían a la fiel custodia de José, quien sirve directamente a la persona y a la misión de Jesús, mostrándole todo el amor y afecto que el corazón de un padre pueda conocer.

José inscribe al salvador del mundo en el registro con el nombre de "Jesús, hijo de José de Nazaret." 

José ejercita el derecho y deber religioso del padre al circuncidar al niño, quien cumple plenamente la antigua alianza con Abraham, de la cual la circuncisión era signo. AI imponer el nombre de Jesús en esta ceremonia, José declara su paternidad legal y a la vez proclama la misión salvadora de su hijo. Cumple con otro deber del padre al presentarlo en el templo, obedeciendo la ley del rescate del primogénito, aunque Jesús es el autor mismo del rescate.

Protege al niño de Herodes, tomando su familia y huye a Egipto. Al regresar, sigue un largo plazo de vida escondida en el hogar de Nazaret. José tiene la alta misión de alimentar, vestir e instruir a Jesús, quien crece en sabiduría, edad y gracia bajo su cuidado. Durante este tiempo Jesús sencillamente vive sujeto a José y María. José era el depositario del misterio del Hijo del Padre eterno.

 

Servir a dos señores

San Mateo  6, 24-34

Con este relato evangélico se interrumpe el sermón de la montaña ante la llegada inminente de la Cuaresma. Hoy también encontramos elementos ya empleados por Mateo en las semanas anteriores. Elementos opuestos: despreciar y dedicarse, odiar y amar…la escucha de las Bienaventuranzas conlleva una actitud necesaria y otra reprobable sobre cada circunstancia de la vida.


Es por eso que el Señor vuelve a mirar al corazón para advertirnos acerca de los peligros que nos acechan en su seguimiento: El apego a las riquezas es incompatible con el Reino de Dios. Por tanto, quien quiera vivir en el Reino de Dios, no sólo en el cielo, sino aquí ya en la tierra, tendrá que soltar amarras de cualquier riqueza que dé seguridad a su corazón. No es que Dios busque esa exclusividad por celos, sino porque sabe que todo lo demás no puede satisfacer un corazón que ha sido creado por y para Dios.


Hay que tener el valor de vender las perlas de la colección, aquellas que mostramos orgullosamente al mundo, para poder recibir la perla de más valor, la que más resplandece.


La prioridad de esa elección se fundamenta en la confianza en el que la propone, en la firmeza de Cristo y de nuestra decidida actitud con Él.


Por eso el Señor enseña a los discípulos sobre la importancia de no agobiarse con las preocupaciones mundanas, especialmente aquellas dos más significativas, el alimento y el vestido. La vida es más valiosa que el alimento y el cuerpo que el vestido. Dios, que sabe lo que necesitamos, provee para lo más importante.

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