¿Encontrará esta fe en la tierra? (Lucas 18, 1-8)

Es fácil pensar que se nos ha hecho justicia cuando en cualquier materia hemos acabado obteniendo lo esperado. Así sucede en la victoria de Moisés, en la primera lectura, o en la demanda de la viuda del evangelio. Hasta el juez injusto es capaz de hacer justicia: ¿cómo no va a hacerla Dios?

Hemos entrado en la parte del evangelio de Lucas referida a la instrucción escatológica, es decir, se nos habla ahora sobre lo que sucederá al final de los tiempos, cuando todo esto termine y vuelva el Hijo del hombre. Así podemos entender esa pregunta final que se hace Jesús sobre la fe en los últimos días. La perseverancia de la mujer viuda es motivo de reflexión y de esperanza para los que escuchan la parábola: si su pertinacia consigue ser atendida por un juez tan irresponsable, no hay duda de que el discípulo, con su oración continuada, conseguirá mucho más de su Padre del cielo.

La primera lectura nos muestra un ejemplo gráfico inmenso de lo que significa perseverar en la oración: Aarón y Jur sostienen, brazos en alto, la oración de Moisés por su pueblo. En él vemos dibujado al “guardián de Israel” del que habla el salmo, que “no duerme ni reposa” para dar a su pueblo la victoria, la justicia.

Pero la Iglesia no tiene dudas… no, no es Moisés, sino el Señor, el verdadero guardián de Israel. No es Moisés, sino Cristo, el que ha levantado los brazos en lo alto de un monte, puesto en la cruz, y desde allí ha intercedido para obtener la victoria para su pueblo, para concederle una injusta justicia, para darle una felicidad que Dios no puede rechazar darle. Cristo se ha convertido en el misterio pascual, en la batalla definitiva, con los brazos en alto, en aquel que asegura que su pueblo venza “al acusador, que acusaba a los suyos día y noche” (Cf. Ap 12,10). Y no contento con esa victoria, ha entrado en el santuario del cielo para hacer justicia a los suyos, para convertirse en el juez que, brazos en alto, asegura ante el Padre, la justicia para aquellos que, perseverantes en la oración, quieren obtener la salvación de Dios, quieren recibir el premio a su perseverancia.

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Dar testimonio: Reflexión de la palabra

Es evidente que el hilo conductor entre la primera lectura y el evangelio de este domingo es la curación de la lepra. Naamán el sirio es curado por Eliseo en las aguas del Jordán, Jesús mismo es el agua que cura a los diez leprosos en el evangelio. Un acto de fe momentáneo pero grande, de calidad, “como un granito de mostaza”, concede a Naamán la salud en las aguas pobres del río Jordán. No es la grandeza del río, sino la de la fe, la que cura.

Los diez leprosos del evangelio solamente tienen que obedecer al mandato de Cristo: “Id a presentaros a los sacerdotes”. Son ellos los que tienen que dar testimonio de la curación, tal y como mandaba la Ley. Solamente obedecer al mandato: no hay ningún gesto de Cristo, ningún signo que realizar, ninguna pobre manifestación de fe… salvo la obediencia de ir al sacerdote. Es en esas cuando los leprosos se ven curados, los judíos y el samaritano. Es así porque la curación supone una salvación que es universal. Jesús recorría el camino hacia Jerusalén pero lo hacía ofreciendo la salvación a todos los pueblos, a todas las razas y religiones. Todas encuentran salvación en Él.

Por eso, la Iglesia, al ver curado a Naamán, un sirio, un pagano, uno que no pertenecía a Israel, canta: “El Señor revela a las naciones su salvación”. Como al samaritano. Un hombre que se presenta como el que ofrece la salvación de Dios a todos crea en aquellos que lo encuentran una infinita confianza: por eso, el samaritano vuelve. La conversión del samaritano para dar gracias y glorificar a Dios es su forma de acoger la misericordia recibida. Y así, aquel que al principio del evangelio gritaba “ten compasión”, vuelve ahora al Señor para descubrir que la ha recibido, que el Señor es compasivo y misericordioso, que la Palabra de Dios se cumple en su vida y que Él ha recibido esa salvación.

El reencuentro, la conversión, es entonces la feliz conclusión de su obediente dejarse en manos del Señor. Sin duda que el samaritano, como Pablo, puede reconocer que Jesús “permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”.

La celebración de la Iglesia es ahora, para nosotros, ocasión para experimentar lo que el evangelio relata: en la fe, que se manifiesta en la obediencia a la celebración de la Iglesia, resuena la voz y el poder de Cristo, que quiere transformar lo que hay de impuro en nosotros en algo santo, el mal en bien. Es necesario entrar en la celebración llenos de fe para que así suceda, pues con esa fe el pecador se convierte en discípulo, en reflejo de la limpieza de Cristo, de su santidad.

Venir a la liturgia de la iglesia a dar gracias a Cristo es reconocer esa obra que ha querido hacer en nosotros y a la cual hemos respondido con asentimiento obediente. Sí, Señor, aunque nuestra celebración pueda parecernos tan pobre como el río Jordán, nada que ver con otros ríos grandes y caudalosos, por esta fluye la Vida Eterna. Sólo quien así lo reconoce puede ofrecer verdadera alabanza divina.

Con frecuencia podemos reconocer, e incluso vernos afectados, por la pobreza de la celebración de la Iglesia, de los ministros, de los signos…, y sin embargo, por medio de ellos se está transmitiendo la salud, la limpieza, la claridad de Dios. Una mirada como la del samaritano nos permitirá advertir el milagro que Dios quiere hacer con nosotros y vivir agradecidos por tanta generosidad.

Auméntanos la Fe

La petición de la fe que los discípulos hacen al Señor marca las lecturas de este domingo del Tiempo Ordinario: “Auméntanos la fe”. Es una petición brusca, recibida de golpe, que nos coge por sorpresa. Igualmente lo hace la respuesta del Maestro, pues más que la cantidad, parece que el Señor llama la atención sobre la calidad de la fe.

Esta fe debe ser auténtica. Una fe auténtica todo lo puede. Esta fe es la respuesta con la que el hombre acoge la predicación de la Palabra de Dios que nos es proclamada. Es la que necesitaban aquel rico y sus familiares de la parábola del domingo pasado, para, al escuchar a Moisés y a los profetas, creer en Dios. Esta fe es un elemento dinámico, está llamada a acrecentarse, para lo cual necesita que el hombre “no endurezca el corazón”. El recuerdo de aquella escena del pueblo de Israel en Meribá, desconfiando de Dios, y de este, herido por la desconfianza, haciendo brotar agua de la roca, en el desierto, es constante en la historia de la salvación. Dios pone la fe en el corazón del hombre con la misma facilidad que el agua en el desierto.

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12 de octubre, Día de la Virgen del Pilar

La tradición, tal como ha surgido de unos documentos del siglo XIII que se conservan en la catedral de Zaragoza, se remonta a la época inmediatamente posterior a la Ascensión de Jesucristo, cuando los apóstoles predicaban el Evangelio. Se dice que, por entonces (40 AD), el Apóstol Santiago el Mayor, hermano de San Juan e hijo de Zebedeo, predicaba en España. Santiago obtuvo la bendición de la Santísima Virgen para su misión.

Los documentos dicen textualmente que Santiago, "pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, en las riberas del Ebro.

En la noche del 2 de enero del año 40 AD, Santiago se encontraba con sus discípulos junto al río Ebro cuando "oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, que aún vivía, le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio". 

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Derecho a un trabajo digno y estable

 

Cáritas Madrid en su Campaña Contra el Paro con el lema Derecho a un trabajo digno y estable renueva su compromiso con las personas y familias más afectadas por esta situación.
La Campaña nos invita a reflexionar sobre lo que está aconteciendo en el mundo laboral. A descubrir y a denunciar las causas que propician el sufrimiento de tantas personas y familias. Donde todos tenemos una pieza que poner en la construcción de este mundo. Todas las personas somos responsables, es una cuestión de justicia, caridad y bien común.
Tener o no trabajo, tener un salario suficiente para poder vivir, realizar un trabajo en condiciones dignas son condiciones que posibilitan el crecimiento y el desarrollo de las personas o lo impiden.
Cáritas Madrid, por su experiencia de acogida y acompañamiento a las personas que están viviendo estas situaciones de desempleo o que cuentan con empleos pocos estables e indignos, sabe que la posibilidad para conseguir un trabajo con futuro en un mundo laboral complejo y cambiante aumenta cuando la persona tiene una formación específica.
Por ello, Cáritas Madrid cuenta con Centros de Capacitación y Orientación Laboral, espacios de enseñanza en diferentes oficios destinados a quienes acuden a nosotros y necesitan formación. Su objetivo es formar en los sectores que tienen más demanda en el mercado laboral y acompañarlos en la búsqueda de empleo.
Cáritas Madrid propone buscar nuevas respuestas a la realidad social entre todos, los políticos, sindicatos, empresarios, cristianos y a la sociedad en general. Todos, somos corresponsables en esta realidad que deseamos transformar, por eso proponemos lo siguiente:
• Las empresas han de ser apoyadas para que cumplan una de sus finalidades más valiosas: la creación de empleo.
• Las Administraciones públicas, en cuanto garantes de los derechos, deben asumir su
responsabilidad de mantener el estado social de bienestar.
• La sociedad civil ha de jugar un papel activo y comprometido en la consecución y defensa del bien común.
• El mercado tiene que cumplir con su responsabilidad social a favor del bien común y no pretenda solo sacar provecho de esta situación.
• Las personas tenemos que orientar nuestras vidas hacia actitudes de vida más austeras y modelos de consumo más sostenibles.

En este difícil contexto social, en el que es necesario intensificar y hacer más efectivo nuestro esfuerzo, Cáritas Madrid, en el año 2015, acogió a 5.167 personas en los 35 Servicios de Orientación e Información sobre el Empleo, capacitó a 1.348 alumnos, en 95 cursos, en los sectores con mayor demanda en el mercado laboral y se concedieron 3.224 ayudas económicas a personas desempleadas en situación de grave precariedad. También cuenta con 2 empresas de inserción, donde el objetivo principal es ayudar a sus trabajadores a incorporarse en el mercado laboral normalizado y cuyo método es «enseñar a trabajar trabajando».
Estas acciones del Servicio de Empleo se han podido realizar gracias a la generosidad e implicación de 630 personas voluntarias y con el apoyo económico que ha permitido a Cáritas Madrid destinar en el año 2015 la cantidad de 1.295.987€ en los distintos Servicios.