Nuestro Día de la Madre

Celebraremos el próximo 8 de diciembre una de las fiestas de la bienaventurada Virgen más bellas y populares: la Inmaculada Concepción. María no sólo no cometió pecado alguno, sino que quedó preservada incluso de esa común herencia del género humano que es la culpa original, a causa de la misión a la que Dios la había destinado desde siempre: ser la Madre del Redentor.


Todo esto queda contenido en la verdad de fe de la Inmaculada Concepción. El fundamento bíblico de este dogma se encuentra en las palabras que el Ángel dirigió a la muchacha de Nazaret: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). «Llena de gracia», es el nombre más bello de María, nombre que le dio el mismo Dios para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, «el amor encarnado de Dios» (encíclica «Deus caritas est», 12)

 
  Jesucristo es la fuente de la «gracia», de la que María quedó llena desde el primer instante de su existencia. Acogió con fe a Jesús y con amor lo entregó al mundo. Ésta es también nuestra vocación y nuestra misión, la vocación y la misión de la Iglesia: acoger a Cristo en nuestra vida y entregarlo al mundo «para que el mundo se salve por él» (Juan 3, 17).

 

  La fiesta de la Inmaculada ilumina como un faro el período de Adviento, que es un tiempo de vigilante y confiada espera del Salvador. Mientras salimos al encuentro de Dios, que viene, miremos a María que «brilla como signo de esperanza segura y de consuelo para el pueblo de Dios en camino» («Lumen gentium», 68). 

Hoy estarás conmigo en el paraíso

No da Jesucristo la imagen de rey a la que estamos acostumbrados. Si preguntáramos a un niño, no podría imaginar esa comparación con éxito: este tiene una corona de espinas, una cruz por trono, no viste de forma elegante, sino lleno de heridas, y no aparenta prosperidad y éxito sino sufrimiento y fracaso. Y sin embargo, la liturgia de este domingo, último del año, deja bien claro cómo es este rey nuestro. Hasta tal punto le reconoce como rey, que le escucha decir en una afirmación soberana: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

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El Rey del Universo

Con este domingo y la semana que de él depende se concluye el largo Tiempo Ordinario y se clausura el Año Litúrgico. Hoy se nos presenta la grandiosa visión de Jesucristo Rey del Universo; su triunfo es el triunfo final de la Creación. Cristo es a un mismo tiempo la clave de bóveda y la piedra angular del mundo creado.

La inscripción colocada sobre el madero de la Cruz decía: “Jesús de Nazaret es el Rey de los judíos”. Esta inscripción es completada por San Pablo cuando afirma que Jesús es “imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, reconciliador de todos los seres”.


Parece paradógico que los cristianos nos gloriemos en proclamar Rey a quien muere en la debilidad aparente de la Cruz, que desde este momento se transforma en fuerza y poder salvador. Lo que era patíbulo e instrumento de muerte se convierte en triunfo y causa de vida.

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¿cuándo va a ser eso?

Lucas 21. 5-19

Aquel Templo que Herodes reconstruyó era sin duda magnífico. Tanto que al salir del mismo con las gentes, algunos se admiraban de tanta belleza, de su enorme solidez. Una solidez capaz de desafiar a los siglos… aparentemente. Jesús advierte a los suyos de que ahí donde lo ven, “no quedará piedra sobre piedra”. Será la ruina del Templo de Jerusalén. Pero esta será solamente el principio: signo primero de la catástrofe final y de la venida gloriosa del Señor.


Con todo, parece que en el evangelio de Lucas quiere el Señor poner las cosas ante los ojos de sus discípulos en su justa medida: no puede uno fiarse del primero que aparezca usando el nombre de Cristo, ni tampoco las guerras y desastres serán definitivos. La redención que se acerca estará marcada por las persecuciones de los cristianos.


San Lucas, que quiere instruir a su comunidad cristiana, anima a los suyos de esta forma a insistir en el anuncio del evangelio, que es la tarea que el Señor encomendó a los discípulos. Y lo hace advirtiéndoles de que ese anuncio supondrá persecución. No hay nada que temer, pues el Señor dispondrá de lo necesario para esa tarea, pero las traiciones serán habituales. Es por esto que el valor de la perseverancia es enorme: porque mientras haya cristianos, estos padecerán la persecución, pero en su constancia se podrá descubrir un signo de la presencia constante de Cristo con los suyos.


Escuchar este evangelio es ,por lo tanto, una invitación a la fe firme, y esta necesita de la escucha de la Palabra de Dios, pues la fe crece en la escucha de la Palabra santa. Si esa Palabra no es acogida en el corazón y comunicada a los hermanos, la desilusión y las deserciones harán mella en los cristianos. Es justamente en esa advertencia donde se sitúa la profecía de Malaquías en la primera lectura: escribe el profeta a una comunidad que ha padecido el exilio pero que ha podido volver a su tierra, y, sin embargo, la desilusión caracteriza la vida de esas gentes.


Seguir al Señor es un camino duro, de idas y venidas, constantes disgustos, amenazas, persecuciones y sufrimientos: “Cosa vana es servir al Señor”. ¿Lo es? Esta es la gran pregunta que se hace el creyente ante la hora de la persecución: ¿Merece la pena? Sufrimos mucho, padecemos injusticias, ni nos animan ni nos defienden… ¿esto merece la pena? Es Malaquías el profeta que anima a los suyos a perseverar, recordándoles que el Señor vendrá para hacer justicia. La tendencia ante las dificultades, ante la persecución, es bajar el nivel, dejarse llevar por todos para que la fe sea más llevadera.


En realidad, nada importante puede desarrollarse sin sufrimiento. Aquella gente experimentaba que su fe y su fidelidad al Señor no daban a su pueblo una alegría terrena. La fe vivida propiamente tiene siempre delante “aquel día”, el momento del juicio, pero nosotros esperamos a menudo un consuelo para el momento. Lo hacemos así en la oración también.


Así pues, las últimas advertencias que el Señor nos da para la vida en este año litúrgico son acerca de la importancia de seguir ahí, de no dejarnos llevar por lo que sucede alrededor y perder la mirada del final de todo. Sin duda, y eso podemos guardar en el corazón hoy, merece la pena seguir al Señor, buscarle cada día, y emplear los sufrimientos y persecuciones que nos toquen, para recordar hasta qué punto no vamos solos, sino que el Señor lo ha vivido antes por nosotros y ahora quiere acompañarnos.

 

 

El Corazón de África

El 24 de noviembre, a las 20:00 h, se proyectará en el cine Palafox, calle Luchana, 15, la película “EL CORAZÓN DE AFRICA”, dirigida por Javier Santamaría y Raúl de la Cruz.

Los ingresos de la recaudación de este día irán destinados al Proyecto de Manos Unidas “Extensión de Escuela Primaria y preescolar de Senegal”.

Las entradas están a la venta en la delegación de Manos Unidas de Madrid, Gran Vía 46, 4º y en las taquillas (el día del pase de la película).

Esta actividad se enmarca dentro de la Acción 24 horas de Manos Unidas.

Somos una gran familia Contigo

Carta de Monseñor Osoro con motivo del Día de la Iglesia Diocesana

Queridos sacerdotes, miembros de la vida consagrada y laicos. Hermanos todos:

 Os escribo con motivo de la campaña del Día de la Iglesia Diocesana. El lema de la campaña de este año es “Somos una gran familia”. Y es que, verdaderamente, la Iglesia de Jesucristo que peregrina en Madrid lo es unida a la Iglesia universal. Somos la familia de los hijos de Dios que tenemos que anunciar a Jesucristo.

Como en todas las familias, en nuestra familia, que es la Iglesia, hay: pequeños, mayores, ancianos, fuertes, débiles, sanos, enfermos, etc. Todos iguales en dignidad y todos objeto del amor incondicional de los demás. Descubrimos cómo en el día a día de una familia, cada miembro, con sus rasgos y capacidades personales, aporta su propia riqueza. Así contribuimos entre todos a que tanto la vida de nuestra familia, como la de cada uno de sus miembros, sea más rica, densa y variada.

En una familia como la nuestra hay pequeños que nos aportan una inmensa alegría y que son una palabra de esperanza que Dios nos regala. A los pequeños se les ofrecen todos los cuidados y mimos sin que ellos tengan que aportar más que su presencia. También están los adolescentes que, al igual que los pequeños, reciben todos los medios para poder crecer y desarrollar bien su vida. Entre los adolescentes unos son conscientes del bien que reciben y lo agradecen, y otros pasan por etapas difíciles en los que parece que todo es motivo de queja y descontento, pero los padres saben esperar y seguir amando, a la espera de que ese hijo madure y descubra, con ojos de joven adulto, cuánto amor se le tiene. Estamos también los miembros adultos, formados en la fe, y que hemos decidido seguir al Señor el resto de nuestra vida. Este grupo es el que ha descubierto que amar es servir y que en servir a los demás para que en ellos se cumplan los planes de Dios está la clave de la felicidad. Pongamos los medios para anunciar a Jesucristo.

En nuestra Iglesia diocesana todos estamos llamados a colaborar para seguir cumpliendo la misión. Los pequeños, que son un tesoro, aún no están llamados a aportar nada desde el punto de vista material. Todos estamos llamados a renovar nuestra entrega por amor, buscando siempre hacer el mayor bien posible para colaborar con la gracia de Dios. Hagamos la Familia y vivamos como Familia. Hagamos presente la Iglesia viviendo desde la alegría del Evangelio y anunciando la misma.

En nombre de nuestra familia, de la Iglesia, os agradezco de corazón vuestra colaboración. Gracias a vuestra colaboración material nuestra familia puede seguir sirviendo a todos, en especial a los más necesitados. La Iglesia quiere servir y amar con el corazón de Cristo. Ayudad a la Iglesia Diocesana. Aportad vuestra colaboración económica.

Con gran afecto os bendigo.

† Carlos Osoro Sierra Arzobispo de Madrid