El Corazón de África

El 24 de noviembre, a las 20:00 h, se proyectará en el cine Palafox, calle Luchana, 15, la película “EL CORAZÓN DE AFRICA”, dirigida por Javier Santamaría y Raúl de la Cruz.

Los ingresos de la recaudación de este día irán destinados al Proyecto de Manos Unidas “Extensión de Escuela Primaria y preescolar de Senegal”.

Las entradas están a la venta en la delegación de Manos Unidas de Madrid, Gran Vía 46, 4º y en las taquillas (el día del pase de la película).

Esta actividad se enmarca dentro de la Acción 24 horas de Manos Unidas.

¿cuándo va a ser eso?

Lucas 21. 5-19

Aquel Templo que Herodes reconstruyó era sin duda magnífico. Tanto que al salir del mismo con las gentes, algunos se admiraban de tanta belleza, de su enorme solidez. Una solidez capaz de desafiar a los siglos… aparentemente. Jesús advierte a los suyos de que ahí donde lo ven, “no quedará piedra sobre piedra”. Será la ruina del Templo de Jerusalén. Pero esta será solamente el principio: signo primero de la catástrofe final y de la venida gloriosa del Señor.


Con todo, parece que en el evangelio de Lucas quiere el Señor poner las cosas ante los ojos de sus discípulos en su justa medida: no puede uno fiarse del primero que aparezca usando el nombre de Cristo, ni tampoco las guerras y desastres serán definitivos. La redención que se acerca estará marcada por las persecuciones de los cristianos.


San Lucas, que quiere instruir a su comunidad cristiana, anima a los suyos de esta forma a insistir en el anuncio del evangelio, que es la tarea que el Señor encomendó a los discípulos. Y lo hace advirtiéndoles de que ese anuncio supondrá persecución. No hay nada que temer, pues el Señor dispondrá de lo necesario para esa tarea, pero las traiciones serán habituales. Es por esto que el valor de la perseverancia es enorme: porque mientras haya cristianos, estos padecerán la persecución, pero en su constancia se podrá descubrir un signo de la presencia constante de Cristo con los suyos.


Escuchar este evangelio es ,por lo tanto, una invitación a la fe firme, y esta necesita de la escucha de la Palabra de Dios, pues la fe crece en la escucha de la Palabra santa. Si esa Palabra no es acogida en el corazón y comunicada a los hermanos, la desilusión y las deserciones harán mella en los cristianos. Es justamente en esa advertencia donde se sitúa la profecía de Malaquías en la primera lectura: escribe el profeta a una comunidad que ha padecido el exilio pero que ha podido volver a su tierra, y, sin embargo, la desilusión caracteriza la vida de esas gentes.


Seguir al Señor es un camino duro, de idas y venidas, constantes disgustos, amenazas, persecuciones y sufrimientos: “Cosa vana es servir al Señor”. ¿Lo es? Esta es la gran pregunta que se hace el creyente ante la hora de la persecución: ¿Merece la pena? Sufrimos mucho, padecemos injusticias, ni nos animan ni nos defienden… ¿esto merece la pena? Es Malaquías el profeta que anima a los suyos a perseverar, recordándoles que el Señor vendrá para hacer justicia. La tendencia ante las dificultades, ante la persecución, es bajar el nivel, dejarse llevar por todos para que la fe sea más llevadera.


En realidad, nada importante puede desarrollarse sin sufrimiento. Aquella gente experimentaba que su fe y su fidelidad al Señor no daban a su pueblo una alegría terrena. La fe vivida propiamente tiene siempre delante “aquel día”, el momento del juicio, pero nosotros esperamos a menudo un consuelo para el momento. Lo hacemos así en la oración también.


Así pues, las últimas advertencias que el Señor nos da para la vida en este año litúrgico son acerca de la importancia de seguir ahí, de no dejarnos llevar por lo que sucede alrededor y perder la mirada del final de todo. Sin duda, y eso podemos guardar en el corazón hoy, merece la pena seguir al Señor, buscarle cada día, y emplear los sufrimientos y persecuciones que nos toquen, para recordar hasta qué punto no vamos solos, sino que el Señor lo ha vivido antes por nosotros y ahora quiere acompañarnos.

 

 

Somos una gran familia Contigo

Carta de Monseñor Osoro con motivo del Día de la Iglesia Diocesana

Queridos sacerdotes, miembros de la vida consagrada y laicos. Hermanos todos:

 Os escribo con motivo de la campaña del Día de la Iglesia Diocesana. El lema de la campaña de este año es “Somos una gran familia”. Y es que, verdaderamente, la Iglesia de Jesucristo que peregrina en Madrid lo es unida a la Iglesia universal. Somos la familia de los hijos de Dios que tenemos que anunciar a Jesucristo.

Como en todas las familias, en nuestra familia, que es la Iglesia, hay: pequeños, mayores, ancianos, fuertes, débiles, sanos, enfermos, etc. Todos iguales en dignidad y todos objeto del amor incondicional de los demás. Descubrimos cómo en el día a día de una familia, cada miembro, con sus rasgos y capacidades personales, aporta su propia riqueza. Así contribuimos entre todos a que tanto la vida de nuestra familia, como la de cada uno de sus miembros, sea más rica, densa y variada.

En una familia como la nuestra hay pequeños que nos aportan una inmensa alegría y que son una palabra de esperanza que Dios nos regala. A los pequeños se les ofrecen todos los cuidados y mimos sin que ellos tengan que aportar más que su presencia. También están los adolescentes que, al igual que los pequeños, reciben todos los medios para poder crecer y desarrollar bien su vida. Entre los adolescentes unos son conscientes del bien que reciben y lo agradecen, y otros pasan por etapas difíciles en los que parece que todo es motivo de queja y descontento, pero los padres saben esperar y seguir amando, a la espera de que ese hijo madure y descubra, con ojos de joven adulto, cuánto amor se le tiene. Estamos también los miembros adultos, formados en la fe, y que hemos decidido seguir al Señor el resto de nuestra vida. Este grupo es el que ha descubierto que amar es servir y que en servir a los demás para que en ellos se cumplan los planes de Dios está la clave de la felicidad. Pongamos los medios para anunciar a Jesucristo.

En nuestra Iglesia diocesana todos estamos llamados a colaborar para seguir cumpliendo la misión. Los pequeños, que son un tesoro, aún no están llamados a aportar nada desde el punto de vista material. Todos estamos llamados a renovar nuestra entrega por amor, buscando siempre hacer el mayor bien posible para colaborar con la gracia de Dios. Hagamos la Familia y vivamos como Familia. Hagamos presente la Iglesia viviendo desde la alegría del Evangelio y anunciando la misma.

En nombre de nuestra familia, de la Iglesia, os agradezco de corazón vuestra colaboración. Gracias a vuestra colaboración material nuestra familia puede seguir sirviendo a todos, en especial a los más necesitados. La Iglesia quiere servir y amar con el corazón de Cristo. Ayudad a la Iglesia Diocesana. Aportad vuestra colaboración económica.

Con gran afecto os bendigo.

† Carlos Osoro Sierra Arzobispo de Madrid

 

Zaqueo, el publicano

Otro publicano. Por segundo domingo consecutivo, el evangelio nos pone ante otro publicano amable del que aprender. El domingo pasado era aquel que subía con humildad al templo a orar. Este domingo es Zaqueo. En un relato sensible y lleno de elementos adorables, un personaje odioso por su tarea, pues era jefe de publicanos, pasa a convertirse en un discípulo generoso de Cristo. A él también se puede aplicar la advertencia del domingo anterior: “El que se humilla será enaltecido”. El camino del que sube al árbol no es un camino de vanidad, sino de humilde acercarse al Señor. Y su corazón arrepentido dará lugar a su reconocimiento.

No podemos leerlo sin recordar la vocación de Mateo (Cf. Lc 5), aquel cobrador de impuestos que el Señor llama de su puesto de trabajo para que se convierta y le acompañe como discípulo, ante el asombro y el escándalo de todos. La conclusión de aquel relato, “no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, casa muy bien con la de este, “hoy ha llegado la salvación a esta casa, también este es hijo de Abrahám”.

El encuentro de Jesús con Zaqueo supone para el publicano un deseo que, desde lo profundo de su corazón, donde anidaba, ahora puede ser expresado y cumplido, ser llevado a cabo. Y es esa declaración de Zaqueo en la que nos fijamos: Zaqueo no le pide a Jesús que tenga compasión de él, no pide perdón con el corazón contrito por sus pecados, no reclama misericordia. Tampoco Jesús advierte sobre la fe del publicano, ni sobre su arrepentimiento, ni sobre su condición de discípulo. No proclama una palabra de perdón, sino de justificación: “la salvación ha llegado a esta casa”. Jesús proclama, declara lo que ha sucedido.

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Santa María la Real de la Almudena, Madre de Madrid

Dice la tradición -que no la historia- que la primitiva Imagen de Santa María la Real de la Almudena fue traída a España por el apóstol Santiago, cuando vino a predicar el evangelio. Pero lo que sí es cierto es que en aquel pequeño villorrio visigótico, cuyo nombre ni siquiera ha llegado a nosotros, se veneraba una imagen bajo la advocación de “Santa María de la Vega en su Concepción Admirable”, posiblemente por estar enclavada su pequeña capilla en la ya denominada Cuesta de la Vega.

Al producirse la invasión musulmana, los cristianos que le daban amoroso culto resolvieron ocultarla por temor a que fuera profanada. Pasaron cerca de 400 años y en 1.085 al pasar el rey Alfonso VI por el pequeño poblado, al que ya los moros habían dado el nombre de Magerit, sus pobladores relataron al rey la historia de aquella Virgen escondida.

Interesó extraordinariamente al monarca el relato de los habitantes de la población y, postrándose de rodillas, hizo un voto solemne: “Si conquistamos Toledo, prometo buscar la imagen de Santa María de la Vega, hasta que consiga encontrarla”. Y aún hizo más. En tanto que aparecía la escondida Imagen, mandó pintar la figura de la Madre de Dios sobre los muros de la antigua mezquita, ya convertida en iglesia cristiana. Dándose el hecho de que el artista se inspiró en los rasgos de la reina Dª Constanza, hija del rey de Francia, por lo que puso en su mano una flor de lis, símbolo heráldico de la casa real francesa. Lo que naturalmente ha otorgado a esa Imagen el nombre de “la Virgen de la Flor de Lis”.

Toledo cayó pero Santa María de la Vega seguía sin aparecer. Agotados todos los recursos el rey decide recurrir a la solución infalible: la oración. Organiza una gran procesión, encabezada por él mismo, en la que figuran todos los estamentos sociales: autoridades eclesiásticas, nobleza, ejército, pueblo… Discurre en torno a la Almudayna, o fortaleza amurallada de Madrid. Al llegar al cubo de la muralla cercano a la Almudayna -o Alcazaba-, precisamente situado en aquel lugar de la Cuesta de la Vega en el que había sido venerada la imagen desaparecida, unas piedras se derrumban. El sol acaba de ponerse pero en la oscuridad de la noche se perfila un hueco iluminado: María de la Almudena está ahí. Pero no está sola. El prodigio se ha producido; desafiando las leyes de la naturaleza y de la física, permanecen a su lado dos velas encendidas, sin consumirse, acompañándola. Son las que según la tradición encendiera una joven cristiana llamada Maritana. Era el 9 de Noviembre de 1.085.

La Virgen aparecida es entronizada con todos los honores en el altar mayor de la recién cristianizada mezquita. Pero ya no es Santa María de la Vega.

El pueblo le ha adjudicado el nombre del lugar donde estuviera escondida. Es “Santa María de la Almudena”, a la que Alfonso VI le añade la realeza confirmando con ello únicamente que la Madre de Dios es Reina de cielos y tierra. Y así quedo completo el nombre por el que la conocemos hoy día: SANTA MARÍA LA REAL DE LA ALMUDENA.

 

1 de Noviembre. Solemnidad de todos los Santos

La solemnidad de Todos los Santos comenzó a celebrarse en torno al año 800. Es celebración que resume y concentra en un día todo el santoral del año, pero que principalmente recuerda a los santos anónimos sin hornacina ni imagen reconocible en los retablos. Son innumerables los testigos fieles del Evangelio, los seguidores de las Bienaventuranzas. Hoy celebramos a los que han sabido hacerse pobres en el espíritu, a los sufridos, a los pacíficos, a los defensores de la justicia, a los perseguidos, a los misericordiosos, a los limpios de corazón.

¿Quienes son los santos? Son esa multitud innumerable de hombres y mujeres, de toda raza, edad y condición, que se desvivieron por los demás, que vencieron el egoísmo, que perdonaron siempre. Santos son los que han hecho de su vida una epifanía de los valores trascendentes; par esa quienes buscan a Dios lo encuentren can facilidad humanizado en los santos.

¿Qué es, pues, la santidad? La santidad es la totalidad del espíritu de las Bienaventuranzas, que se leen en el evangelio de la Misa. La totalidad es pobreza, mansedumbre, justicia, pureza, paz, misericordia. Es apertura y donación que tienen como símbolo la confianza de un niño.

Santidad es tener conciencia efectiva de ser hijo de Dios. Este sentido de filiación debe ser acrecentado a través de la purificación interior y así alcanzar la meta plena de nuestra conformación con Dios.

Santidad es pluralidad. Cada uno debe seguir a Cristo desde su propia circunstancia y talante; desde su nación, raza y lengua, en los días felices y cuando la tribulación arranca lágrimas del corazón; en la soledad del claustro o en el vértigo de la ciudad; en la buena y en la mala salud.

Alcanzar la santidad es descubrir el espíritu de alabanza y paz que debe animar toda la existencia. Buscar lo bueno siempre. Defender la teología de la bendición en medio de tantas maldiciones.

 

La santidad es una aventura, un riesgo que vale la pena correr. La transformación del mundo la han hecho fundamentalmente los santos con su testimonio de vida coherente que desbarata las rivalidades y crea la nueva fraternidad. "En el camino hacia Cristo todos somos condiscípulos, compañeros del viaje a la santidad" (Mons. Ott, Roma).