Servir a dos señores

San Mateo  6, 24-34

Con este relato evangélico se interrumpe el sermón de la montaña ante la llegada inminente de la Cuaresma. Hoy también encontramos elementos ya empleados por Mateo en las semanas anteriores. Elementos opuestos: despreciar y dedicarse, odiar y amar…la escucha de las Bienaventuranzas conlleva una actitud necesaria y otra reprobable sobre cada circunstancia de la vida.


Es por eso que el Señor vuelve a mirar al corazón para advertirnos acerca de los peligros que nos acechan en su seguimiento: El apego a las riquezas es incompatible con el Reino de Dios. Por tanto, quien quiera vivir en el Reino de Dios, no sólo en el cielo, sino aquí ya en la tierra, tendrá que soltar amarras de cualquier riqueza que dé seguridad a su corazón. No es que Dios busque esa exclusividad por celos, sino porque sabe que todo lo demás no puede satisfacer un corazón que ha sido creado por y para Dios.


Hay que tener el valor de vender las perlas de la colección, aquellas que mostramos orgullosamente al mundo, para poder recibir la perla de más valor, la que más resplandece.


La prioridad de esa elección se fundamenta en la confianza en el que la propone, en la firmeza de Cristo y de nuestra decidida actitud con Él.


Por eso el Señor enseña a los discípulos sobre la importancia de no agobiarse con las preocupaciones mundanas, especialmente aquellas dos más significativas, el alimento y el vestido. La vida es más valiosa que el alimento y el cuerpo que el vestido. Dios, que sabe lo que necesitamos, provee para lo más importante.


Caeríamos en una comprensión simplista del evangelio si lo interpretáramos como una invitación a la pereza, a no hacer nada, a sentarnos sin más a esperar que todo nos venga llovido del cielo. La espera cristiana es activa y debe ser proactiva. Así es la del padre, que sabe lo que necesitan sus hijos y quiere prepararlos para dárselo. Esa laboriosidad, en relación con el Padre, sostenida por el Padre, es la que Cristo quiere enseñarnos. La verdadera laboriosidad supone primero una escucha. En la escucha descubrimos que no hacemos solos, que la vida, el trabajo, la familia o cualquier ocupación, no es una batalla a combatir en soledad, sino de la mano del Padre. Lo contrario es vivir en un agobio estéril. La imagen de los lirios, vestidos con la belleza de su sastre, el Dios creador, superior a la gloria de Salomón, nos recuerda quién ha de obrar y a quién hemos de buscar en el día a día.


¿Buscamos glorias fugaces? A menudo nuestra autocomplacencia se puede camuflar de paz en Dios y hacernos vanidosos en vez de humildes. Por eso necesitamos escuchar a Dios, para no caer en el engaño de la belleza que nos viste cuando en realidad no es así. El Señor nos advierte por eso de la necesidad de ir por la vida aprendiendo a confiar en Dios Padre, esa búsqueda creyente, lejana a la propia de los gentiles: el aplauso de los demás, la alabanza y el reconocimiento de los que me rodean…


“Vosotros buscad el Reino de Dios y su justicia”. Porque los que tienen hambre y sed de la justicia, quedarán saciados. Esa justicia no es algo ajeno a Dios: sería absurdo que Jesús planteara al hombre una forma de vida al margen de su Padre. Esa justicia contiene la relación honesta del hombre con Dios, en la que el hombre pone su confianza en la acción de Dios y Dios da al hombre el amor que transforma el mundo.


Nos viene bien escuchar estas cosas antes de entrar en la Cuaresma: en ella se nos va a explicar que hemos elegido -y elegimos- muchas riquezas que no son Dios, que nos confiamos en ellas…y que el Señor va a mostrarnos el brillo de su amor para que no confundamos lo auténtico con lo aparente