Mensaje del Papa: La Justicia Divina, Salvación para el hombre

Mensaje del Papa para la Cuaresma de 2010

El significado de la palabra "justicia", en el lenguaje común implica "dar a cada uno lo suyo". Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. El hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia "distributiva" no proporciona al ser humano todo "lo suyo" que le corresponde. Este, además del pan, y más que el pan, necesita a Dios.

 

El evangelista Marcos dice sobre lo puro y lo impuro: «Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle, sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7,15. 20-21). La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa connivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: «Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (Sal 51,7). 

En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que "levanta del polvo al desvalido" (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. En hebreo, la virtud de la justicia es “sedaqad”, que significa aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel y equidad con el prójimo (Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (Dt 10,18-19). Pero ambos están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, es dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. 

La Justicia de Cristo, la Justicia Divina, es la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre el que repara, se cura a sí mismo y a los demás. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

Hoja Parroquial